Hace años, perdido entre las riquezas musicales que brotan sin control desde nuestro continente latinoamericano, me encontré mareado frente al papel preponderante que en muchos casos realiza la música en pos de la identidad de un pueblo o una zona determinada. De esta forma, después de ver ejemplos tan potentes como México, Brasil o Argentina, quise adentrarme en mi propio país y su identidad musical, y por ende cultural.

Al ser un territorio inmensamente largo y diverso, a Chile no se le puede unificar bajo un solo canon cultural. Ese es el error que se cometió antaño buscando crear una sola idea de representación nacional, con ejemplos tan absurdos como la creación de un club de huasos en Arica (con el perdón de quienes lo conforman), en donde en vez de realzar valores propios de la cultura local (tan rica por lo demás), se buscaba traspasar “de forma artificial” la cultura centrina hacia el norte grande, mas con los conflictos propios de esa zona fronteriza, donde resaltar lo “chileno” fue y es una constante.

La cueca, a lo largo de su historia, se ha desarrollado de una forma mágica, aunque por mucho tiempo cayó igualmente en la idea unificadora del huaso bailando con la china, desde Arica a Punta Arenas.

Como una forma musical completamente dinámica, ha sido utilizada en las fiestas populares a lo largo de todo Chile, sabiendo enraizarse en cada zona según las características propias del sector, siendo promovida por los propios habitantes y no impuesta bajo ninguna norma. Es así como se han desarrollado la cueca centrina, la cueca nortina (con bronces), la sureña o chilota, la urbana, la brava, la chora o la porteña, la minera, etc.

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La cueca no se transformó en el baile nacional por la creación del decreto de 1979, sino que es la música que de alguna forma está presente en todo Chile, representando a la vez a cada una de sus diversas regiones, gentes y actividades, en sus distintas formas. Incluso hoy en día sigue su eterna evolución, bajo las nuevas influencias que entran al folclor local, como es el caso de la música norteña mexicana, a la cual denominamos rancheras. Ya se pueden encontrar cuecas cantadas a la forma de las rancheras o con melodías que hacen referencias a ese estilo musical tan potente en nuestro país.

Es por eso que me enamoré de la cueca, por que no fue una invasora hacia las distintas culturas de Chile, sino que en silencio buscó sumarse y adaptarse a las diferentes realidades de este territorio, logrando una cierta unificación. Es así como escuchando cada una de sus variantes puedo sentirme en el puerto, en los curantos sureños, en las fiestas nortinas o en los escenarios del valle central.

Es hermoso ver hoy en día como un nuevo boom ha despertado en nuestro país, en donde se crean grupos cuequeros por montones y se difunde este arte popular; valorándolo de una forma extraordinaria después de un periodo en donde muchas veces producía vergüenza o simplemente se olvidó.

Al valorar la cueca sólo por su música o sólo por su baile no se logra dimensionar lo que representa como patrimonio inmaterial. La cueca es un ingrediente más dentro de la fiesta popular chilena, con sus cantores, sus bailarines, sus creadores o simplemente con quienes la amamos.