Patrimonio, Edificación Pública y Ordenamiento Territorial
Imprímelo!
Autor: César Villarroel G.
Buceo número 325 de este año, nos encontramos con Paulina Godoy, una de las directoras del Centro Oceanográfico del Pacífico Sur, camino a Chancay, Perú. Objetivo: visitar la Covadonga, monumento histórico de la Guerra del Pacifico y ampliar nuestra visión de este sector de Latinoamérica.
Luego de cuatro horas de viaje en avión desde Santiago, desembarcamos con nuestros equipos en Lima donde nos espera Paúl Ordóñez, amigo y buzo comercial que ha vivido toda su vida en la caleta de Chancay. El, junto a su señora Elba, serán nuestra familia y guías de viaje. Luego de un emotivo saludo nos dirigimos a Aquasport, centro y tienda de buceo ubicada en el barrio residencial de Miraflores, en donde se nos proporcionan tanques y plomos para la expedición.
Ya con todo lo necesario, atravesamos Lima en dirección hacia la bahía que esconde a la Covadonga que nos espera a 80 kilómetros por una ruta asfaltada a orillas de riscos y acantilados que se quiebran en playas y pequeñas ensenadas desérticas con ruinas, palmeras y surrealistas parajes que alguna vez fueron habitados por la cultura Chancay, quienes encontraron en este mar una inspiración para su arte que desarrolló en la cerámica un carácter masivo de ásperas y coloridas piezas, destacadas en los cántaros tipos “chinas”(de gollete ancho con un rostro modelado) y “Cuchimilcos”(con forma de hombres y mujeres con los brazos en alto). Además de alcanzar un alto nivel también en la producción textil con efectos estéticos y técnicos increíbles.
Chancay se ve dinámico y atento, la planta industrial procesadora de harina de pescado que genera la mayor cantidad de empleos partirá funcionando otra vez con el inicio de la temporada de extracción de la anchoveta. Pesqueros, chatas y embarcaciones menores se aprestan para estos tres meses de trabajo intenso. Durante estas temporadas, el agua suele cambiar de tonalidad y la visibilidad es casi nula debido a la gran cantidad de desechos que se vierten en todo el proceso. Así las cosas, las mejores condiciones para nuestra inmersión son durante estos días.
Llegamos al embarcadero y mientras preparamos nuestros equipos conversamos sobre ese mar que ha tomado peaje de nuestra presencia en el, brindándonos una red repleta de objetos perdidos hace mucho tiempo para la alegría de sus descubridores, generando un catálogo de desastres en donde los naufragios ocupan un lugar único, como parábolas fantasmales de historia humana esparcida en el lecho marino. Nuestro viaje es un viaje en el tiempo, a un objeto que escapa de su materialidad desde una historia cargada de acontecimientos, cobrando una presencia inmaterial, convirtiéndose en una instantánea pura de los hechos.
Ya navegando hacia una boya que se ha instalado por parte de la Armada peruana en el sitio en donde yace la Covadonga apreciamos a miles de aves, migrando hacia la costa norte, en una acto sublime y conmovedor. Detenemos el motor y sólo oímos el suave sonido de sus alas rompiendo, como una cascada de plumas, el aire tibio y húmedo de la mañana.
Con Paúl y Paulina en el agua nos preparamos para descender, somos tres amigos y compañeros de este viaje por el mar, visitantes foráneos del elemento donde nacieron las formas de vida más ancestrales. Hoy, exploradores de un pasado más reciente sepultado en la profundidad.
Bajamos hasta los 19 metros, la popa destruida se eleva desde la oscuridad del fondo con una visibilidad que no supera los dos metros. Lo que parecen ser mástiles y aparejos están adornados de redes y crecimientos marinos, apoyada sobre la borda los movimientos suaves de Paulina se contraponen al siniestro que contemplamos, nos dirigimos con mucha precaución sin dejar casi ningún espacio entre nosotros hacia la proa. Al llegar a ella nos sumergimos lentamente en el espacio que ha quedado entre la proa y el bauprés que aún no se ha desprendido de la Covadonga formando un triángulo con el fondo.
Gastados clavos de bronce son débiles evidencias de la obra humana. Una cadena, sogas, la bocina del escoben(?), y especies de portillos son apenas reconocibles, fantasmas de ambiciones olvidadas, de amores no consumados. Polvo de victoria. Los restos de la Covadonga encierran una metáfora del viaje humano, del infortunio que nos acecha, de la tragedia tomada por sorpresa.
Con un sentimiento de liberación salimos de la proa y emprendemos el regreso ascendiendo por el cabo del ancla. Con nuestra sangre cargada de nitrógeno, ascendemos lentamente hasta los tres metros en donde realizamos una parada de seguridad. El oscuro casco de la embarcación de Paúl parece estático y atento, finalmente traspasamos el umbral del agua regresando asombrados a la superficie y al presente. Es bueno poder ver a Paúl conversando con Paulina sonriente, es bueno poder sentir el sol de nuevo.
Mientras aún floto en el agua imagino los días previos a ese 13 de septiembre de 1880 cuando con nerviosismo de seguro el ingeniero Manuel Cuadros, el mismo que fabricó el torpedo que hundió al crucero Loa en el Callao fabricaba el torpedo que hundiría a la Covadonga en Chancay, en colaboración con Constantino Negreiros. El torpedo tenía una carga explosiva de 350 Kg. de dinamita , colocada dentro de la estructura de un elegante bote, pintado de blanco y con chumaceras(aros para pasar los remos) de bronce. El teniente 2° Decio Oyague recibió el encargo de colocar el torpedo en Chancay para volar el buque que bloqueaba ese puerto. Oyague viajó con el torpedo por tren a Ancón y de ahí, en un bote a remo llegó a Chancay el 9 de septiembre, acompañado del capitán Ezequiel del Campo, jefe la sección de Torpedos. En la mañana del último día de la Covadonga, esta se dedicaba a cañonear al puerto. Tras haber disparado 22 tiros, 4 de ellos sobre el muelle y el resto sobre dos embarcaciones (algunos tiros cayeron sobre la población, aunque sin causar daños). El capitán Ferrari ordenó al aspirante don Melitón Guajardo se dirigiese con el calafate don José María Avila a reconocer al bote. No encontrando estos nada sospechoso a bordo lo trajeron al costado de la goleta para izarlo. Esto se hizo a pesar de que el contralmirante Galvarino Riveros, Comandante en Jefe de la escuadra chilena, había ordenado el 7 de julio que no se reconociese ninguna embarcación sin permiso previo de la nave de la insignia, y el 23 de julio, que no se permitiera acercarse a la amura de los barcos de la escuadra a menos de mil metros ninguna embarcación menor, cualquiera que fuese su bandera, a fin de evitar toda celada. Alrededor de las 15:00 se procedió a levantarla del agua y estalló el artefacto explosivo, que un marinero sobreviviente comparaba al estallido de cuarenta cañonazos a un tiempo, hundiéndose la Covadonga en menos de dos minutos.
Una estrategia llena de polémicas y visiones de lo sensato de la maniobra que en comparación con las estrategias modernas de guerra pareciera ser una acción legítima de guerra cuando el “enemigo” ya no contaba con una escuadra efectiva para hundir a los buques enemigos.
Han pasado 129 años y con Paúl; peruano, hermano y chancayano de nacimiento nos abrazamos en un solo gesto anclados ahí, en la historia que ha forjado nuestras vidas y que nos unieron en un hito solo comprensible cuando las barreras se rompen por fuerza de la camaradería y el cariño de compartir el mismo amor al mar. Celebramos con franqueza el hecho único, de registro histórico, de la primera visita de una mujer buzo a los restos de la Covadonga, no en busca de tesoros o explicaciones sino que en pos de fraternidad y reconciliación.
El año Dedicado a: Paulina Godoy, primera mujer buzo en visitar los restos náufragos de la Covadonga; Paúl Ordóñez y su hermosa familia; y a Patricio Polanco con quien visité la Covadonga por primera vez.
HitoUrbano es una instancia multidisciplinaria de difusión y discusión acerca del Patrimonio Natural, Cultural Material e Inmaterial, la Edificación Pública y el Ordenamiento Territorial , un espacio que pretende ser un aporte para la construcción de nuestro entorno a través del diálogo y la observación crítica.
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