Una de las cosas básicas para poner en práctica la protección del patrimonio es cómo proyectar éste hacia un beneficio para la comunidad y cómo dejar que su percepción se transforme desde un elemento que debe ser mantenido, pero que no cumple función alguna, a ser un protagonista del desarrollo social, educativo y económico de una zona determinada.

Es en este punto donde se ha conjugado el término de turismo cultural, el cual persigue la protección patrimonial pero utilizando ese patrimonio para una actividad específica como es el turismo. Podemos observar como día a día crece el interés por parte de los turistas de conocer en profundidad tanto costumbres, historia, biodiversidad o geografía de la zona que visitan, tratando de dejar sus costumbres cotidianas para inmiscuirse en la realidad local.

Es en este pequeño, pero importante punto, donde el turismo y el patrimonio pueden avanzar de la mano, provocando beneficios mutuos. Sin embargo estas prácticas en nuestro país no se desarrollan del todo. Un claro ejemplo es el Valle del Elqui. Se que puedo ganar detractores con esto, pero simplemente es lo que se observa día a día.

El Valle del Elqui históricamente ha sido una zona de tradición campesina, agraria y ganadera. Es una cultura que mezcla elementos tanto de la zona central chilena como la del norte grande, es decir una zona rica por su transición cultural, desde donde nace su importante patrimonio. El problema del turismo en el valle ha radicado en su visión como un lugar “místico”. Pongo este concepto entre comillas por que quienes han ido al valle con una búsqueda espiritual verdadera, no han causado perjuicio alguno.

De esta forma podemos ver como en el verano, hordas de gente van a interrumpir un lugar de carácter y vida tranquilo, para instalarse donde sea (esto es literal), ya que una vez colapsados los campings; las plazas o lugares públicos se transforman en improvisados dormitorios, y entre el ruido, los automóviles, las fiestas, etc., el valle día a día va perdiendo el encanto que hizo que ganara su fama respectiva. Ejemplos paralelos tenemos en sectores como San Pedro de Atacama o como poco a poco va ocurriendo en la Isla de Chiloe. ¿Qué es hoy en día San Pedro de Atacama sino un sector en donde se concentran una serie de agencias turísticas, restaurantes y hoteles que aprovechan una arquitectura patrimonial determinada para sus instalaciones? ¿Donde está la gente originaria de este pueblo? ¿Acaso ellos no representan parte importante de un patrimonio determinado? Creo que San Pedro va perdiendo el encanto y el potencial patrimonial que ostentaba convirtiéndose en un lugar destinado solo para el turismo de agencias y paquetes. Es por eso que yo recomiendo, a personas que quieren conocer como es realmente un pueblo andino, que no vayan a San Pedro, si no a otros lugares más específicos.

Una gran reacción frente a esto ha sido la postura que está tomando el pueblo Rapa Nui, ya que sus protestas se han basado en la crítica en como se potencia el turismo en la isla, y la poca protección para sus nativos, que ven con preocupación como cada vez mas son los extranjeros que se quedan a vivir en la isla, o como cada vez mas la economía de la región se monopoliza en pos de la actividad turística.

Quienes hemos tenido la suerte de visitar la isla de Chiloé hace algunos años y la comparamos con lo que podemos ver hoy, notamos el cambio mas grande en la confianza de la gente hacia el viajero, ya que hoy en día no se le mira de la misma forma que antes. Cada vez es más difícil que alguien te deje acampar en el patio de su casa, ya que el nivel de desconfianza aumenta día a día debido a actos que los mismos turistas hemos cometido atentando con la forma de vida de la zona.

Si bien, este artículo subraya la forma negativa de hacer turismo en desmedro de un patrimonio el cual es sobreexplotado y destruido, creo que el turismo bien utilizado puede ser una herramienta muy positiva a la hora de defender un patrimonio en particular, mientras el fin de la actividad turística sea la de educar al visitante, la de incluir a los habitantes de la zona y que estos se identifiquen con el proyecto, y por sobre todo que la práctica de esta sea con respeto para con las personas originarias, como para con el objeto, paisaje, rito o tradición que se visita.

Mi experiencia como turista hace que mis viajes se vean mucho mas enriquecidos cuando la vivencia en la que participo ha sido lo mas auténtica posible, y esto se logra no con un montaje perfecto, sino con la máxima naturalidad de las cosas.

 

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San Pedro de Atacama, Región de Antofagasta, Chile.

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Valle del Encanto, Región de Coquimbo, Chile.

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