Patrimonio, Edificación Pública, Ordenamiento y Desarrollo Territorial
Imprímelo!
Autor: César Villarroel G.
Apreciar el mar, a través de una máscara de buceo, es mirar por un telescopio, un microscopio, una sonda espacial o una pantalla de ficción. Esto se vuelve superlativo bajo cada roca y alga que vive en el mar, pues podemos bucear toda la vida en el mismo lugar y cada día será distinto ya que la versatilidad de la vida submarina corre por un sorprendente espiral de combinaciones infinitas. Debemos como Alicia en el país de las maravillas atrevernos y entrar bajo ese gran espejo que vemos desde la orilla. Una vez adentro podremos caer en la cuenta de que existe vida bajo él. Vida a granel, sin pausas y en movimiento, esperando ser descubierta y protegida por el derecho propio que le confiere ser tan dueña del planeta como nosotros.
Tal como escribió E.O. Wilson en su libro Biophilia “sería posible pasar una vida completa en un viaje magallánico alrededor del tronco de un solo árbol”.
Comprender esto, fue lo que nos llevó tras un año de lucha por este lugar, a reafirmar que la contemplación detenida y la exploración son herramientas imprescindibles en el camino al conocimiento de nuestra reserva marina o su retorno a ella. Este verano quisimos volver a su seno, aunque no imaginamos que ésta nos tenía preparadas varias sorpresas.
La primera fue que a nuestro elenco oficial se sumó desde Chancay, Perú mi amigo Paul “la maquina” Ordoñez, buzo comercial con quien descendí a la Covadonga el año pasado. Y desde Santiago mi nuevo amigo el biólogo marino, Diego Tardel, quien además es guía submarino. Juntos, con alegría, complicidad y profesionalismo jugamos al “Team Zissou” durante esta temporada, a continuación algunas de nuestras aventuras:
Comenzamos por reunimos varias noches con libros de naufragios y la carta náutica del sector extendida sobre la mesa. Luego de varias conversaciones decidimos recuperar dos puntos en los que alguna vez buceé y quedaron, por alguna razón, en el olvido y que hoy forman parte del patrimonio cultural subacuático de la reserva marina. Lo primero fue darle un check en apnea a una hélice sumergida a 4 metros de profundidad. No fue difícil dar con ella, pues se encontraba entre la rompiente de la Isla Damas y un gran bosque de algas en la que reposaba tranquila y ajena a todo lo que debió significar llegar hasta a ese punto.
Prontamente el “Team Zissou” determinaría que era un gran lugar para un recorrido de apnea por la reserva, sin embargo, teníamos otro gran objetivo, encontrar una antigua Ancla almirantazgo que descubrimos hace más de 7 años entre el continente y la poza de la Isla Damas en una gran bajería que se extiende en el fondo. Al encontrar nuevamente el sitio nos dispusimos a bucear repetidas veces bordeando su contorno ya que el Ancla yacía a un costado de las rocas semi enterrada.
Al sumergirnos nos recibieron bolones llenos de actinias naranjas cubiertos por enormes cardúmenes de castañetas y blanquillos que se abrían y cerraban, incidiendo en la clara luz del fondo. Rollizos, congrios y sus demás secuaces nativos de la reserva también nos acompañaron en todo momento hasta que por fin a los 30 metros dimos con ella. Su gran uña metálica quedaba al descubierto envuelta por grandes formaciones de algas lo que me hizo percibirla aún más grande de lo que recordaba. Su cuerpo poblado de invertebrados hunde la otra uña en la profundidad de la arena queriendo aún retener el barco que alguna vez ahí la abandonó. Nos acercamos con respeto la medimos y fotografiamos, escarbando brevemente un extremo de su almirantazgo que termina en una sólida argolla. Con los datos obtenidos Paul, que en Chancay trabaja con grandes estructuras, definió su peso en aproximadamente 4 toneladas con una data de más de cien años. ¡Helo ahí! frente a nosotros, el primer monumento nacional submarino en el área de la Reserva Marina, tras nuestro hallazgo no podíamos hacer otra cosa que celebrar, por lo que una copa de vino cerró nuestra exitosa jornada.
Sin duda nuestro acierto con el ancla dejó nuestro ánimo lo suficientemente en alto como para animarnos a explorar el lado más desconocido de la Reserva, el borde oceánico de la Isla Choros. Con nuestro bote “el Olafo” armado con un GPS, ecosonda y un cuaderno de anotaciones para dibujar las miras de tierra, navegamos rumbo al centro de la larga Isla recorriendo sus fondos. Arena, arena, una roca pequeña y arena nuevamente. De pronto una gran formación se dibujó en la pantalla. Motor en neutro y Diego grita ¡ancla! mientras parado sobre el racel de proa la lanza con todas sus fuerzas. Nos equipamos y comenzamos el descenso. Caemos sobre un fondo lleno de bolones gigantes cubiertos de esponjas “orejas de oso” amarillas, de distintas formas y tamaños, con una gran cantidad de peces que se dejan llevar por la corriente a través de un inmenso pasillo formado por las altas rocas que emergen desde los 40 metros. Avanzamos manteniendo esa cota de profundidad límite como planeadores submarinos. La gran visibilidad de ese día nos ayuda a contemplar un emocionante fondo que corta hasta casi los 60 metros. La conformación, vista desde nuestra posición, es increíble en colores, formas y diseño. Llegamos a nuestra reserva de aire y subimos lentamente por el cabo del ancla, realizando una parada de seguridad antes de emerger. Al subir a bordo los comentarios no se hacen esperar. Paul reflexiona” El lugar parece de una manufactura guiada por fuerzas fuera de este mundo, algo así como la piedra de siete vértices de Macchu Picchu, con cortes exactos y bordes lisos”. Diego corrobora lo visto y lo bautiza como los farellones.
Pasan un par de días y volvemos a la carga. Esta vez nos desplazamos más hacia el norte del mismo lugar y caemos menos porfundo que la vez anterior en un sitio de conformaciones más redondas y asiladas que son separadas por un fondo de conchitas molidas que le dan una gran luminosidad al lugar, resaltando sus colores y gran cantidad de peces. Al subir lo nombramos como el farellón beta.
Ya está terminando Enero y en un recorrido desde la cabecera sur de la Isla Damas enfilando hacia la Isla Chañaral nos topamos con una formación rocosa que emerge hasta los 20 metros con fondos torrentosos llenos de algas, esponjas, pequeñas cuevas, plataformas rectas y una gran cantidad de peces entre los pasillos que se formaban. Marcamos el lugar en el GPS como El Laberinto.
Febrero. 11:30 de la mañana. Vamos por tierra camino a caleta Chañaral. A la altura de la playa el Apolillado el sol intenta atravesar las nubes que cada vez se adelgazan más. Al llegar nos espera Pato Ortiz que nos ayuda a embarcar previo paso por CONAF. El mar de un color verde azulado de zooplancton por el alza de la temperatura, cambia repentinamente a rojo por la presencia de manchones de Krill, mientras nuestro bote El Papi va cortando el agua rumbo al costado norte de la Isla Chañaral. A poco de andar, el capitán observa algo hacia estribor y cambia de rumbo hacia el norte continental exclamando ¡grupo de ballenas Fin!. El ambiente sobre el bote se vuelve solemne y una bióloga marina de la ONG Eutropia enciende su GPS y comienza a tomar notas, Max Bello de la ONG Oceana, vestido de buzo, se apronta con un gran teleobjetivo a tomar posición en la proa. Con Paul nos ponemos las aletas, máscara y preparamos nuestras cámaras submarinas.
Al llegar a ellas corroboramos la información. Eran ballenas Fin o Roculaes Comunes, que en general son y en tamaño vienen despues de la Azul. Los primeros avistamientos fueron una danza entre el bote, manejado con maestría, y el grupo de cuatro ballenas. No se veían agitadas ni tenían comportamientos de clavados sino que asomaban, respiraban y volvían a sumergirse muy lentamente. Las condiciones eran inmejorables. Había estado en varias ocasiones tratando de acercarme a alguna pero el miedo muchas veces y su velocidad de desplazamiento no permitían un encuentro claro y relajado. Hoy todo era distinto, tomé firmemente mi cámara y a través de la capucha apretada contra mis oídos escuché el sonido grave del capitán gritándome. ¡Ahora! Al instante me desplacé al agua apoyando el estomago en la borda y dejándome caer en un suave piquero.
Asomé la cabeza sobre el agua y observé que la ballena casi se detenía a unos cuantos metros de mí, comenzando a acercarse lentamente, sin mover la cola. Hundí mi cara y a los pocos segundos se dibujó sobre el fondo su suave rostro y enorme cuerpo que parecía inmóvil, estudiándome curiosa.
Los encuentros se fueron sucediendo repetidamente y cada vez que nos volvíamos a ver, a pesar de su gran tamaño, notaba que iba perdiendo su timidez hasta tener el valor de acercarse a menos de dos metros y mirarme de arriba abajo, cara a cara, sin tocarnos. Fue en esos instantes en los que sentí una enorme paz y emoción que por momentos me paralizó de admiración. “Balaenoptera phisalus que suerte tenemos de conocernos” repetí mentalmente, recordando que es una especie vulnerable y protegida. En un eterno segundo todo desapareció y ahí flotando en la inmensidad del mar sólo estábamos los dos en silencio, observándonos como dos amigos que por fin se encuentran. Al volver al bote, y a la realidad, la emoción era irreprimible. Max y Paul, estaban en las mismas condiciones que yo y entre abrazos y risas nerviosas estábamos seguros de que no existía casi nada en el mundo que fuera más interesante y bello que poder compartir con las ballenas y por sobre todo con un grupo de Fines o rocuales norteños, los animales vivos más grande del planeta después de las ballenas Azules.
Ya navegando de vuelta, cerraba mis ojos y veía sus finos labios y sus expresivos ojos mirándome. No sé cuánto tiempo pasó pero cuando volví en mí una ballena azul navegaba a un costado de nuestro bote emergiendo su majestuosa e interminable musculatura. Asombrados la acompañamos un rato para luego dejarla navegar rumbo a la Isla. Nadie habló hasta retornar al embarcadero.
Ya con todo lo increíble que vivimos en el lugar, no puedo dejar de mencionar que los jardines de babilonia no serían más que un patio cualquiera en comparación con las grandes combinaciones de flores de mar que se extienden en casi toda el área de las reservas marinas Isla Damas, Choros e Isla Chañaral. Sus diversos colores y formas, han cubierto rocas, grutas y paredes invitando a los cardúmenes de castañetas a esconderse entre ellas. Es un espectáculo que derrocha vida y color, fue en esos lugares en donde junto a Diego y Paul pudimos ver pequeñas rayas reposando en la arena, camarones que se subían voluntariamente a tu mano para acicalarte, cardúmenes de grandes Palometas, jibias avanzando apuradas en la zona de los bautismos frente a la poza de embarque de la Isla Damas, delfines saltando sobre nuestra proa y un grupo de Tortugas verdes en las proximidades de la costa entre la Isla Gaviota y el continente, frente a nuestro Centro, mientras chequeábamos el fondeadero de “el Olafo”.
Sin duda fue una temporada asombrosa en ExploraSub, donde más que nunca reflexionamos, con todos aquellos que se sumaron a nosotros en este período, sobre la importancia de implementar y decretar áreas costeras protegidas como este lugar, una zona de refugio, paso y protección del pacifico sur. De ahí la relevancia de mantenerlas libres de cualquier tipo de contaminación, pues todos los ecosistemas son entes que interactúan entre sí. Es hora de dejar a un lado nuestro egocentrismo pensando que el mundo nos pertence solo a nosotros y caer en la cuenta de que solo estamos de paso y debemos dejarlo en las mejores condiciones posibles para el resto de la vida que lo comparte con nosotros.
Gracias a: Olivia del Mar, Paulina Godoy, Juan José Maldonado, Victor Johnson, Patricio Ortiz, “El Johnny”, Reinaldo Lippi, Alex Muñoz de Oceana, a los hermanos Franco y Soffia Baldesari, Patricio Polanco, Karen Gibson, Álvaro Guerra, Cuti Aste, Claudia Gutiérrez, Fernando Loyola, Sergio Villarroel, Don Ramón, Leo y Carla Godoy, Bernardita Undurraga, Ignacio Martínez, Diego Tardel, Paul Ordoñez, familia Larrea, equipo de Chao Pescado, personal de CONAF y de la Armada de Chile, pescadores de Caleta Chañaral de Aceituno y de Punta de choros, y a todos quienes nos acompañaron en estas travesías por hacer de este tiempo un momento de abrazo oceánico con la Reserva Marina.
Para todos Mar, para todos vida.
César.
HitoUrbano es una instancia multidisciplinaria de difusión y discusión acerca del Patrimonio Natural, Cultural Material e Inmaterial, y el Ordenamiento y Desarrollo Territorial, un espacio que pretende ser un aporte para la construcción de nuestro entorno a través del diálogo y la observación crítica.
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